Sobre la libertad de expresión
No creo que a nadie se le escape que los límites de la libertad de expresión llevan siendo un tema recurrente en España desde hace algún tiempo: el famoso caso de los titiriteros, los casos de ofensa a los sentimientos religiosos, los chistes incómodos o los raperos fugados de la justicia española. Mucha gente se ha planteado el problema de la libertad de expresión desde la perspectiva de que existen unos discursos (ya sea desde la izquierda o desde la derecha) que deben ser censurados, y otros que pueden resultar ofensivos pero tolerables. En mi opinión, a pocas personas sensatas se les ocurriría basar los límites de la libertad de expresión en los sentimientos subjetivos de las partes que reclaman haber sido ofendidas, por otro lado, aquellos que reclaman estar en posesión de la verdad acerca de uno u otro tema político sensible, frecuentemente buscan la censura en el mejor de los casos, y en el peor de los casos, el secuestro de publicaciones, la prisión, la coacción o incluso el asesinato. Los ejemplos de este tipo de totalitarismos en la historia son muchos, pero tal vez bajo la falsa ilusión de que todo derecho conseguido es una conquista irreversible, en la actualidad estemos olvidando su valor, incluso cuando posibilita la expresión pública de discursos que nos parezcan completamente erróneos o incluso peligrosos.
Según el filósofo decimonónico Stuart Mill, las ideas siempre deben ser expresadas libremente para que, en el caso de que no se puedan refutar, descubramos el error en nuestras viejas posturas, y en el caso de que sean refutadas, para que las posturas mejor argumentadas se vean fortalecidas. Creer que se está en posesión de la verdad puede llevar al totalitarismo y a la justificación de todo tipo de barbaridades, por otro lado, aquel que se siente seguro de sus argumentos, pero se sabe falible, no debería tener problemas en confrontar otras posturas. Creo que es necesario señalar que las ideas que nos resultan incomodas, polémicas o directamente despreciables, no desaparecen mediante una exhaustiva ingeniería social, campos de concentración, centros de reeducación, o censura, más bien al contrario: quedan enterradas bajo la superficie allí donde no pueden ser rebatidas públicamente. En una sociedad en la que los individuos solo estuvieran acostumbrados a escuchar un cierto catálogo de opiniones consideradas adecuadas por algún tipo de institución estatal, esos mismos individuos no estarían preparados para ser críticos y juzgar por sí mismos cuándo una idea ha sido bien argumentada y pensada y cuándo no.
Hay personas que podrían opinar que el ser humano es fácilmente manipulable, y que frecuentemente, se le convence mediante sentimientos y no mediante razones. Si bien esto es cierto, el debate público y la expresión de todo tipo de ideas favorece la capacidad de los individuos para no caer en sesgos ideológicos. Por otro lado, la infantilización de la sociedad no hace más que hacerla cada vez más vulnerable a este tipo de manipulaciones, y desde luego no es eficaz a la hora de evitar que ideas incómodas resurjan, tal y como estamos viendo actualmente en buena parte del mundo.
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