Crecer era esto: una presentación

Para que nos entendamos, la forma en la que nos presentamos siempre dice más de nosotros que lo que decimos propiamente cuando nos presentamos. Cada uno de nosotros se ha construido una identidad a través de experiencias pasadas, carácter, actitudes, vicios y virtudes. Nos contamos relatos sobre nosotros mismos constantemente. En nuestra vida han pasado muchas cosas, pero siempre tenemos que seleccionar aquellas que creemos que pueden dar a los demás una idea aproximada de quienes somos. Frecuentemente, preferimos que nos vean como nosotros nos vemos a nosotros mismos. Pero la identidad es algo complejo: no solo importa lo que nosotros pensamos que somos, sino también y en la misma medida lo que la sociedad piensa que somos. Por eso la adolescencia es una lucha constante entre la imagen que queremos crear y la respuesta que el mundo te devuelve. Tendemos a exagerar la idea que tenemos de nosotros mismos, y cuando la sociedad no nos devuelve la misma imagen que estamos intentando proyectar, nos sentimos frustrados.

Ya no somos adolescentes, y aunque eso pueda significar que hemos superado el narcisismo propio de esa edad, todavía necesitamos aferrarnos a nuestra identidad para tener una autoestima saludable. Tal vez la personalidad sea frágil, tal vez lo que llamamos personalidad no sea más que vanidad disfrazada de individualidad. Al fin y al cabo, todos venimos a vivir de la misma manera en la mayoría de los casos y en la mayoría de las cosas importantes. De esta manera, una presentación escueta y anodina podría ser: Soy una persona, mis padres me pusieron un nombre, tuve un crecimiento complicado, conocí a personas que me acompañaron e intento hacer de mi vida algo de lo que pueda sentirme orgulloso. Pero si algo alimenta las relaciones sociales no es la igualdad, sino la diferencia; una presentación como esta no tendría sentido. Como decía el filósofo griego Empédocles, aunque en otro sentido, el amor es la unión de lo diferente, mientras que el odio es la unión de lo similar. Lo que hace que la sociedad pueda cambiar y avanzar hacia formas más humanas de organización, el motor de cambio de todo grupo humano, es la diferencia. Convivir significa tolerar la diferencia, incluso reconocerla como un valor en sí misma. Tal vez una buena manera de presentarme sea partir de lo que nos hace iguales (querer ser docentes), pero contándolo desde mi historia personal, que supongo que contendrá experiencias que os resulten familiares a todos.

A mi personalmente me gusta mucho reflexionar sobre todo lo que pasa a mi alrededor, tal vez por eso estudié filosofía, o tal vez mi interés por la filosofía fue lo que me hizo reflexionar. Probablemente sean las dos cosas a la vez. Cuando era pequeño quería ser guardia civil, como mi padre. Era un hombre alto, grande y fuerte, y además ayudaba a las personas y luchaba contra el crimen. Lógicamente esto era lo que pensaba cuando tenía alrededor de 3 años, obviamente lo único que sabía del trabajo de mi padre era lo que veía por la tele. Aunque nací en Valladolid ciudad, no viví aquí hasta que cumplí 12 años. He mencionado el trabajo de mi padre precisamente porque fue algo que marcó fuertemente mi educación, ya que mi familia vivía en los cuarteles en los que él trabajaba, y se trasladaba de pueblo en pueblo cada vez que él ascendía. Como resultado, he tenido muy pocas opciones a la hora de escolarizarme, porque lo normal en los pueblos es que solo haya un colegio. A lo largo de mi vida he desarrollado un pensamiento muy crítico con la educación que recibí, intentaré explicar brevemente por qué, aunque esto ya me esta quedando demasiado extenso.

Vivimos en Cogeces del Monte, en la provincia de Valladolid, hasta que tuve 6 años. Como fue la etapa de la educación infantil no hay mucho que pueda recordar, pero tengo el recuerdo de haber sido feliz yendo al colegio en aquella época tan blanca y dulce de la vida. Después nos mudamos a un pueblo llamado La Mudarra, donde solo estuvimos 2 años, aunque aquello marcó profundamente mi desarrollo en el sistema educativo. Como había muy pocos niños en el pueblo, solo teníamos una profesora y estábamos niños de todas las edades mezclados en el mismo espacio. El primer año de Primaria fue un verdadero infierno. Todos los días los niños se peleaban entre ellos, nunca aprendíamos nada. La profesora nos gritaba e intentaba poner las cosas en orden, pero de muy malas maneras. A mi en concreto me tomó por un caso imposible, decía que "me movía mucho" y a veces me daba tortazos o me golpeaba con el anillo. Finalmente hubo una denuncia y un juicio, y para segundo de Primaria yo ya estaba bastante fastidiado, pero tuve la suerte de tener a un gran profesor que hizo lo posible por recuperar toda la formación que habíamos perdido y recuperar el control de la clase. Ese año no hubo casi agresiones entre los compañeros y todo fue bastante bien. Después de eso, ya con 8 años, nos mudamos a Puebla de Sanabria, en la provincia de Zamora. Aquí los problemas fueron variopintos. Había dos colegios y un instituto. Uno de los colegios era público y el otro era un colegio de monjas. Hasta 5º de Primaria estuve en el colegio de monjas. La verdad es que no creo que lo hicieran mal como profesores, pero como éramos pocos niños estábamos agrupados en clases de dos cursos: 1º y 2º de Primaria en una clase, 3º y 4º en otra, etc. Las clases se desarrollaban en dos tiempos, la profesora le daba la lección a un curso y luego a otro. No creo que fuera el mejor de los sistemas, pero no les quedaba otro remedio. Aquí lo que realmente fallaban eran los medios, precisamente por eso tuvieron que cerrar cuando llegué a 5º de Primaria. 

La educación que recibí allí fue bastante normal para la época, supongo, pero allí fue donde me desmotivé y me convertí definitivamente en un estudiante de aprobados raspados. Nos mandaban muchos deberes en casa y frecuentemente no los hacía, y cuando había que hacer cualquier cosa mi objetivo era quitármelo de encima con el menor esfuerzo posible. En 6º de Primaria empecé en la escuela pública y empecé a ver cosas bastante turbias. Por ejemplo, tenía un compañero llamado Pavel, de Checoslovaquia, que tenía una situación muy complicada en su casa. Los profesores le abandonaron completamente a su suerte y le hicieron repetir curso. Este niño protagonizó muchas escenitas en el recreo, pero nunca fue culpa suya. La vida que llevaba era realmente trágica, había noches que dormía en la calle con su hermana pequeña. Pero eso a los profesores nunca les importó; era un niño malo y le dieron por perdido. También fue en ese curso cuando compartí clase con un niño con síndrome de Down, se llamaba Pablo y nos hicimos amigos. Pero nunca aprendió nada en clase, el profesor pasaba totalmente de él y muchas veces cuando se portaba mal o se ponía agresivo éramos los niños los que teníamos que intentar lidiar con él. Aun así, le queríamos mucho, sabíamos que no era culpa suya. Fue el único alumno que repitió 6º aquel año. Lo realmente malo en aquel pueblo era el instituto, parece que de eso me libré. Pero supuse por mi hermana mayor y por un amigo que el acoso escolar y el bullying estaban a la orden del día. A ambos les hicieron la vida imposible,  mi hermana solo tuvo que estar allí dos cursos de la Secundaria, pero mi amigo tuvo que mudarse a Zamora porque la situación era realmente insostenible y los profesores no hacían nada. Eso por no mencionar cierto día que se colaron unos chavales de 13 años en mi colegio y me colocaron una navaja en el estómago. Se lo conté al director, pero como ya viene siendo una constante en esta historia, no hizo absolutamente nada. 

El instituto lo empecé ya en Valladolid, cuando mis padres se compraron finalmente una casa. Aquí seguí con mi tendencia de sacar malas notas, y mis problemas sociales se acrecentaron bastante. Por suerte mi hermana si pudo hacer amigas, lo cual después de la experiencia tan horrible que tuvo en el otro instituto, hacía que el cambio valiera la pena. Como no tenía a nadie más, me hice amigo de otro de los marginados sociales, aunque no fue una amistad que durara mucho tiempo, ya que no teníamos nada en común. Solía pasar los recreos solo, sobre todo al principio. Esto llamó la atención de los profesores y no tardaron en detectarme. Me recomendaron que no me relacionara con el otro chico, porque eso iba a provocar el rechazo del resto de mis compañeros. No creo que haga falta decir nada sobre este tipo de comentario. Yo les dije que me daba igual, que mis compañeros eran idiotas. Cuando llegué a 4º de la ESO me fui por la rama de ciencias y todo fue bastante mejor, hice un grupo de amigos íntimos y descubrí la filosofía. Fue gracias a la asignatura de Ética, que ahora tristemente han pretendido sustituir por una asignatura de "valores" en 2º de la ESO. Tuve un gran profesor que me desafió, me hizo descubrir el amor por los libros, me despertó a la reflexión y al pensamiento crítico y me dio una verdadera motivación en la vida. Ahí fue donde realmente me convertí en la persona que soy ahora. También fue la primera vez que saqué un 9 en una asignatura, y no solo me motivó a estudiar filosofía, sino que despertó mi curiosidad acerca de la ciencia, la literatura, el arte y la historia. De pronto el conocimiento se me presentó como algo atractivo, y no como un deber inútil y sin sentido. Me había resignado a tener el mismo trabajo que mi padre y nunca me había atrevido a pensar en otra salida. Decidí que quería ser filósofo, y que quería ser profesor gracias a él. Solo hizo falta un buen profesor para salvarme la vida, y es por eso por lo que yo quiero hacer lo mismo por los que vienen detrás de mi. He visto a demasiada gente perderse por el camino por la ineptitud y la indiferencia de los profesores y del sistema. Por ejemplo, yo nunca pude aprender inglés, incluso me metieron en la clase de diversificación durante unos meses. Sin embargo, una vez he acabado el instituto y he cogido algo de confianza, he sido capaz de sacarme el B2 y actualmente estoy estudiando para un C1.  Había un profesor que, dándome por perdido, dijo abiertamente en clase que a mi me "faltaba un hervor". Mis notas se mantuvieron en la mediocridad hasta que acabé el bachillerato, pero mi motivación para empezar los estudios universitarios ya era muy diferente a la que había tenido antes. 

Aquí el problema fue mi miedo a fracasar y mi falta de confianza. Mis padres tampoco creían que fuera capaz de sacarme una carrera universitaria. Otro problema añadido bastante importante fue el tema de las salidas laborales; me dijeron que estudiar filosofía era una pérdida de tiempo y que nunca conseguiría sacarme esas oposiciones. Una tarde de verano, vi un anuncio en internet y decidí preparar oposiciones a bombero. Se lo dije a mis padres, aceptaron. Perdí 5 años de mi vida haciendo algo que no me gustaba, aunque los primeros años estuve más motivado, después de eso ni siquiera estudiaba o entrenaba, simplemente era un "nini" que pasaba el tiempo leyendo, paseando y saliendo con los amigos. Finalmente, cuando ya todo el mundo me daba por desahuciado, decidí dar un volantazo a mi vida y retomar mi interés por la filosofía, que de todas maneras nunca había abandonado. Empecé la carrera con 23 años, y en contra de todas las expectativas, fui un buen estudiante y saqué notas bastante altas. Mi manera de pensar y de vivir cambió gracias al estudio, dejé de sentirme infeliz con mi vida. Ahora quiero seguir estudiando toda la vida, incluso tengo pensado doctorarme y sacarme la carrera de Física algún día. Ahora que sé lo fácil que es arruinarse la vida y perderse por el camino, entiendo lo importante que son los profesores para que todos podamos tener una vida plena y feliz. Quiero ser profesor porque quiero ayudar a los adolescentes a encontrar su camino.

Comentarios

  1. Qué gran presentación, Aitor. Da gusto leerte!

    ResponderEliminar
  2. ¡Qué bonito lo que hizo tu profesor! Ojalá todos acabemos salvando aunque solo sea un destino…

    ResponderEliminar
  3. ¡La carrera de filosofía es preciosa! Me alegro de que al final lograrás hacer lo que te gustaba, Aitor. Estoy segura de que conseguirás todo lo que te propones. Mucho ánimo ☺️

    ResponderEliminar
  4. Me quedo con tu frase "El motor de cambio de todo grupo humano es la diferencia", porque mola cruzarse con personas como tú, que aportan diversidad al grupo y solo aportando empezaremos a poner en marcha el mecanismo del cambio.

    ResponderEliminar
  5. ¡Qué valiente eres Aitor! A por todas!!😊

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Ranking de los blogs de mis compañeros, al menos de los que más me han llamado la atención

Diferencias entre enseñar, corregir, orientar y acompañar